Mariana Benitez, “Juntos”

En su Informe de Evaluación de la Política Social 2014 el Coneval contabiliza 5,904 programas y acciones gubernamentales de desarrollo social –de los cuales evaluó 188-: el esfuerzo de México es contundente; involucra muchos miles de millones de pesos y el trabajo de un sinnúmero de personas.

Con todo, se reconoce que si bien ha habido logros (son menos los que viven en extrema pobreza), esa extraordinaria tarea ha resultado insuficiente: Duele el número de personas (46.2% de la población) que padecen pobreza; más aún, porque 3.2 millones de ellos han caído en esa condición durante los últimos tres años (Coneval: Medición de la pobreza en México 2014).

El escenario no se restringe, desde luego, a las fronteras del país. Las cifras de México ilustran la tendencia que Thomas Piketty demostró en el ya clásico, El capital en el siglo XXI (2014), para el desconcierto de muchos: en los últimos 200 años el crecimiento de la economía en el mundo entero ha sido inferior a la concentración de la riqueza.

Entonces, ¿cómo pensar de modo creativo las encrucijadas del desarrollo humano, social y económico en México? No creo que haya respuestas simples, únicas. El presupuesto base cero es, sin duda, una reacción congruente y sana, indispensable para ejercer con responsabilidad el gasto público a partir del establecimiento de políticas públicas más eficientes; sin embargo, a la par hay que imaginar auténticas estrategias de desarrollo heterogéneas; con respaldos sustantivos.

En este sentido, resulta muy estimulante volver la mirada hacia las industrias creativas y de conocimiento, los emprendimientos sociales, la gestión comunitaria, el desarrollo de nuevos procesos y productos, llamémoslo por lo pronto “innovación social”. Quizá el término en sí mismo no nos dice mucho, tal vez un mero enfoque del desarrollo económico utilizado por los “hacedores de políticas públicas”, distante del día a día ciudadano. Nada más alejado de lo que una fuerte política de innovación social representa. ¿Por qué el énfasis? Sencillamente porque mediante innovación social los beneficiarios se convierten en sujetos activos de su propio cambio, lo cual la posiciona como un mecanismo transformador de realidades.

El sociólogo Richard Sennet, ha reflexionado en el trasfondo de la innovación sobre todo en Juntos (2012), describió una sociedad de cooperación, no basada tanto en la competencia y la acumulación, sino en la inclusión: un mundo donde cabemos todos, juntos.

Entonces, implementar con decisión una política de innovación social también es dar un paso adelante hacia la madurez de una Nación, es desprenderse del asistencialismo para adoptar una actitud de corresponsabilidad. El conocimiento de las potencialidades y desafíos de una determinada comunidad, convierte a sus habitantes en expertos y por ende en los verdaderos “hacedores de políticas públicas”, idóneos para echar a andar los proyectos que le cambien el rostro a su pueblo. La diversidad y grandeza territorial de México requiere del involucramiento de estos expertos naturales en cada región del país.

Es por ello que desde hace ya varios años la política de emprendimiento de la Unión Europea se basa en los principios de innovación social generando nuevas formas de colaboración entre gobierno y sociedad. Actualmente, la tendencia innovadora se encuentra en pleno apogeo en la política económica Latinoamericana.

En este sentido, en nuestro país el impulso a los sectores estratégicos de la economía a través del emprendimiento está planteado la meta de un “México Próspero” dentro del Plan Nacional de Desarrollo 2013-2018. Basados en ello, el Gobierno Federal cuenta con recursos, como los contenidos en el “Fondo Nacional del Emprendedor” y las garantías que otorga el “Fideicomiso México Emprende”, por mencionar algunos.

Sí, los empeños gubernamentales están siendo consistentes en la materia, existe un número considerable de programas orientados a dicho fin desde las diversas dependencias de los órdenes federal y estatal, pero aún falta articular estos esfuerzos gubernamentales con la responsabilidad social de la iniciativa privada, así como con el trabajo de las organizaciones sociales e instituciones académicas en una sola estrategia nacional para que el impacto tenga mayor resonancia. Si logramos hacer de la implementación de proyectos de innovación social algo cotidiano, significaría apostarle a un poderoso mecanismo de solución multimodal, que partiendo desde un espectro micro pueda trascender a las grandes metas del país.

En los últimos años, Oaxaca se ha posicionado como un laboratorio en este sentido, tenemos las experiencias de la cooperativa “Mujeres que tejen” en Teotitlán del Valle, o la de Ayoquezco de Aldama, donde un grupo de mujeres fueron apoyadas para utilizar las remesas enviadas por sus familiares para el procesamiento y envase del nopal. Ello ha generado empleos y contenido la migración. Estos casos exitosos han servido de ejemplo y si bien son insuficientes para marcar una tendencia, nos muestran otra ventana de oportunidad que hay que explorar cuando se habla de innovación social: La de su uso para el empoderamiento económico de las mujeres.

De acuerdo con ONU Mujeres, invertir en el empoderamiento económico de las mujeres, no sólo contribuye directamente a la igualdad de género, la erradicación de la pobreza y el crecimiento económico inclusivo, sino también cuando el número de mujeres ocupadas aumenta, las economías crecen. Por ello, es fundamental explorar esquemas de innovación social que involucren a las mujeres, porque además en muchos casos son quienes mejor conocen las necesidades y quienes mejor tejen los lazos comunitarios.

Precisamente el poder de este mecanismo radica en su efecto multiplicador, y con esto me refiero a que con cada proyecto llevado exitosamente se puede cumplir por ejemplo con el combate a la pobreza, mientras se reducen las desigualdades regionales, se lucha por la equidad de género, se propicia que los jóvenes tengan las ganas y las certezas para quedarse a trabajar por sus comunidades, por supuesto también se fomenta un desarrollo económico sustentable e incluyente, y en última instancia pero primera en importancia: Se promueve la realización de las personas en favor del beneficio comunitario. ¿No podría ser este un camino bien trazado hacia la paz? Una paz sustentada en la justicia social.

El reto es grande, no hay soluciones mágicas, pero la apuesta es del tamaño del desafío. Las tendencias que dio a conocer el Coneval nos impulsa a sumar y redoblar esfuerzos en la ruta de esta nueva economía innovadora. Seguir dependiendo del asistencialismo es desconfiar de nuestro potencial personal y social, definitivamente es limitar el desarrollo de las capacidades. Como Gobierno debemos seguir apostandole al capital social, reforzar su capacitación y acceso al financiamiento y tecnología, pero como mexicanos debemos recobrar la confianza de que todos los esfuerzos producen frutos y de que vale la pena emprender.