A mi madre en su reciente funeral

(versión estenográfica)

 Por Evelio Bautista Torres

Profesor en la Facultad de Derecho

Se me ha comisionado para dirigirles a todos los presentes un mensaje de salutación y gratitud por la bondad que nos han dispensado al acompañarnos en estos momentos de inocultable congoja y, para rememorar algunos datos espontáneos sobre la profesora Josefina Torres García, les participo:

Se trata de mi madre, quien nació el 15 de febrero de 1918 en la casa 19 de las calles de División Oriente, por donde hace media hora pasó este cortejo. Hija de los mixtecos Agustina García Velásquez y Juan de la Rosa Torres Mayoral.

Su infancia y primera juventud al lado de sus hermanos Victoria y Juan Alvarado transcurrió normalmente habiendo luego realizado los estudios correspondientes a la Escuela primaria Elemental (hasta 4º grado), luego hizo la llamada secundaria.

Así las cosas mi madre a los 18 años comenzó su ejercicio como docente en la población de Guelache, Etla, Oax., conociendo dos años después al maestro Cirenio Bautista SanJuán originario de Santiago Yolomecatl, Teposc. Oax., con quien contrajo nupcias en 1939. Como consecuencia yo broté de sus entrañas el viernes 25 de marzo de 1940. Con ellos viví 5 años en Magdalena Jaltepec, Noch. Oax., después en los valles centrales: San Andrés Huayapam y en 1947 en San Sebastián Tutla en donde comencé mi instrucción primaria, siendo precisamente mi madre la primera e inigualable maestra quien logro con la pedagogía entonces reinante y alguno que otro “varacito” el ese sí, verdadero “milagro” de enseñarme a “leer y a escribir” y junto con mi papá también maestro y poeta, a entonar himnos cívicos, a recitar composiciones del mismo tinte y a pronunciar elementales discursos. A la vez que utilizar la escoba, lavar platos y hacer “mandados”, todo lo cual me ha servido en mi sencilla vida civil, como trabajador, esposo y padre.

Los estudios posteriores los efectué en las escuelas urbanas Benito Juárez (Federal Tipo) y Juan Jacobo Rousseau (Anexa a la Normal) y en las universitarias Preparatoria General en Ciencias y Humanidades (6 años), Derecho y Bellas Artes. Debo celebrar que mis progenitores no repararon en prodigarme las herramientas y avíos suficientes para subsistir e instruirme. Privilegios de los cuales también gozaron mis hermanos Elí Manuel, el malogrado Maurel Luciano, Josefina Alicia, Cirenio Mélvin, Elba Esther, Virgilio Leopoldo y Argelia. Todos tuvimos opciones semejantes aun cuando, como es natural, seleccionamos rumbos distintos. Ellos cediéronnos también en partes alícuotas su parco patrimonio material y nos legaron ejemplos cívicos pues fueron permanentes partícipes de las luchas socio-sindicales en la desde entonces heroica sección XXII. En definitiva nos proporcionaron raíces y a las educándonos racionalmente para comportarnos en momentos amables como críticos, como maestros de primeras letras – lo suscribió Octavio Paz – comprendían las últimas. Mi padre por cierto me sugirió la celebrada “contraseña” que difundí durante mi estancia por 6 años como locutor y director de Radio Universidad: XEUBJ, en 1400 kilociclos, La Voz de la Cultura en Oaxaca.

Hace 4 años depositamos acá, en esta fosa del Cementerio Marquezado los restos de mi verdadero papá, con quien ahora, se reúne su permanente compañera. La que considero tenía ya una especie de derecho al descanso en tanto que sus hijos el de permitírselo. Persistiendo más de una centuria, su doctora Bety explicaba que no adolecía enfermedades sino cansancio. Todavía la semana pasada toqué su cabellera y trenza, eran las de una muchacha. Pruebas de una existencia metódica y activa ya que a sus menesteres familiares y colegiales añadió intensas caminatas. Por años, frecuentemente bajo ardientes rayos solares o lluvias torrenciales; para acceder puntual a las comunidades en donde se enclavaban “sus escuelas”. Ejemplo: empleaba 6 horas semanales para trasladarse a San Andrés Ixtlahuaca y 4 hacia San Andrés Huayapam, pues estas risueñas aldeas cuentan hoy con carreteras pero en los “años 50” se transitaba por caminos vecinales de terracería y algunos acantilados y, hasta ríos de por medio.

La maestra Josefina por lo tanto seguirá viviendo y más cuando ni los más eminentes sabios han podido definir a la muerte. Y, en el caso, para mí porque su médica principal y nieta acá presente lleva su nombre: Esperanza Josefina, complementando el de mi inolvidable madre política. Y no está por demás observar que era hasta anteayer la última integrante de aquel grupo de compañeras y amigas del gremio, entre las que recuerdo a las profesoras Ramona Rodríguez, María Tello, Leocadia Gutiérrez, Carmen Alarcón, Aurelia Alonso, Aurora Galicia, Carmen Zaragoza, Eloisa Malfabón.

Tras éste boceto, yo como representante de mi familia, de mi esposa e hijos y a nombre propio les reitero mis afinidades por su amistosa presencia en éste ceremonia y en la de velatorio en la noche de ayer: a vecinos, parientes, compañeros docentes de la Escuela de Leyes y Bellas Artes. En forma especial a algunos de éste plantel que interpretaron bellas canciones y partituras, muchas gracias.

Finalmente solo pido a los sepultureros que lancen sus paladas con el mayor cuidado. No vayan a despertarla, pues como dije antes merece descansar verdaderamente en paz.

Amantísima madre: aunque acabaron tus días el 18 de diciembre del año 2018, no me dejas en la orfandad. Solo provisionalmente me despido de ti ya que temprano o tarde, en una u otra forma, habré de reencontrarte.