Los evocados concursos universitarios de declamación

Por Evelio Bautista Torres

Profesor en la Facultad de Derecho

Efectivamente como lo recuerda el compañero Gerardo Castellanos en su amena columna “Los chavales de 60 o más”, recién publicada en El Imparcial; como alumno de Lengua Nacional en el primero de seis cursos de Bachillerato, mi eximio maestro Agustín Márquez Uribe me confirió la tarea de organizar el Primer Concurso Universitario de Declamación. Con apoyo rectoral y el directo del secretario Manuel Castro Rivadeneyra fue posible la realización de este notable certamen artístico. Hace 65 años, antes de la Revolución Cubana. Sus resultados deben constar en actas ahora archivadas y por consultarse. Mas, por la ocasión me permito complementar esa entusiasta reseña castellana, hasta donde la memoria me ayude.

La matrícula para la primera Justa (1955) fue centenaria, participando 11 competidoras. En esa época abundábamos los aficionados a la interpretación declamatoria inculcada desde la niñez; pero al momento de la apertura fueron aceptados 70 pues, el Jurado compuesto por la maestra Arcelia Yañiz y los maestros Manuel Zárate Aquino, Jorge Fernando Iturribarría y Alejandro Pombo Ramírez, actuó desde el inicio con -supongo- exagerada rigidez; descartando de un “plumazo” a 30 que no cumplían con la base III del “protocolo” redactado por el sinodal Everardo Ramírez Bohorquez, la que prescribía antes que nada “un acicalamiento minucioso” del participante quien, así las cosas casi debía portar frac, corbata de moño y zapatos de charol. Como que, en el Oaxaca de entonces don Everardo presumía de “gentleman”. Poco después aquella cifra se redujo a 50 pues se descartó a quienes se anotaron con “poemas cursis” (Sic) como el Brindis de un Bohemio, La Chacha Micaila, El Cristo de mi Cabecera, El Seminarista de los ojos negros, Nocturno a Rosario Etc.. Se demandaban composiciones “contemporáneas” o clásicos: Píndaro, Dante, Ovidio, Shakespeare, Quevedo, León Felipe, Ibrguengoytia.

Tras otras peripecias y casi bajo protestas se abrió la competencia a las 10 horas del día fijado (fecha que no retengo) advirtiéndose que a la 2ª prueba pasarían 10 y a la 3ª, sólo tres. Con un Paraninfo pletórico se declaró receso a las 16 horas reanudándose 2 después y, a las 8 de la noche se nombró a los tres finalistas. Francisco Espinoza Valencia (Escuela de Comercio), Jaime Tenorio Sandoval (Escuela Preparatoria) y otro de farmacia cuyo nombre se me escapa.

Como ya lo relató Castellanos, Tenorio se impuso a Paco Espinoza, con las románticas y desoladoras décimas de la “Antigua Plegaria” de José Othón Robledo. Inequívocamente que el invicto tuvo siempre in mente , desde el pódium; a su ya perpetua musa: Alba Oda Ramos.

En 1956 disminuyó la matrícula para tal diferendo en el que resultó victorioso recitando la marcha triunfal de Rubén Darío Roberto Villanueva Vásquez. En 1957 se alzó con la presea mayor José Manuel bueno Sánchez tras interpretar un pasaje de Víctor Hugo “Pasó la Bandera”. Germán Baltazar Cruz hoy distinguido jurista ganó en 1958 con los poemas “El Circo Romano” y “oda a Lord Byron” y para 1959 el chiapaneco Arturo Solís Yañez quien estudió acá Jurisprudencia venció, después de varia exposiciones, con trabajos de Carlos Rivas Larraurí.

Me recreo con este dato: Al igual que Abraham Carballido participé en los preliminares eventos. A ambos nos descalificaron en el primero y, en los dos siguientes alternamos el 3º y 4º sitio. Según la Preceptiva declamar es leer o recitar de memoria en alta voz y, con cierto énfasis, tonalidad y mímica (Ademanes) prosa o poemas para producir en el ánimo de los oyentes admiración o emociones estéticas. Hablamos de “mediados del siglo XX, de “los años 50”, si no mejores, al menos distintos al presente. Desde el hogar o en las aulas iniciales nos inducían a recitar. Para éstos romanceros, desde entonces no hubo más biblia que el Quijote de la Mancha y, por añadidura, El Declamador sin Maestro de Homero de Portugal.

Permítaseme ésta “chocante” disquisición: celebro mi circunstancial encuentro con la Poesía (poco después con la música), pues los conocimientos elementales de tales disciplinas fueron básicas para mi desempeño como docente de banquillo y funcionario de nuestra Egregia Alma Mater, así como en el ejercicio de algunos puestos burocráticos a través de mi sencilla trayectoria. Incluso honorariamente todavía se me “contrata” para escenificar en ceremonias o “veladas” algunas escenas literarias o monólogos de distinto talante con la suerte de que, los limitados aplausos que obtengo, aún no los recibo en las mejillas.

Por ello sugiero a quien competa, se promuevan este tipo de eventos líricos y hasta los denominados “juegos florales”, actualizándolos a la época, sin reynas, princesas, chambelanes ni pajes. Talvez no cual competencias pues se reclaman muchas injusticias o prejuicios en la apreciación y calificación de los contendientes pero si como muestras, para solaz de un público que aún en estos digitalizados tiempos se inclinan por leer o escuchar la producción de insignes autores. Poetas y declamadores continúan existiendo, a caudales. Tengo presente a muchos.

Y, para rematar éstos pespunteados renglones, plagados de lagunas y olvidos, les participo el íntegro soneto a Juárez del Dr. Luciano Víctor Tenorio, de quien es nieto Jaime Tenorio Sandoval y al que alude Castellanos en su comentada crónica.

“En la montaña el pájaro canoro/une al torrente su canción de altura./Para vaciar tu nombre en letras de oro/y en olímpicos bronces tu figura.

La Patria supo que tenía un tesoro/en las laderas que el pinar satura/Y cuidó de tus pasos con decoro /mientras brillaba tu mirada oscura.

Y te diste a la patria cual relámpago/ que hizo perenne la visión del campo/Porque tu planta se posó en la altura./Y es por eso que el pájaro canoro,/une al torrente su canción de oro/ Para esculpir en bronce tu figura”.

Addenda: Saludo a los miembros del futuro directorio (o mesa directiva) de la “Asociación de Ex-alumnos del Instituto de Ciencias y Artes de Oaxaca”, grupo de magníficos compañeros fundado antaño por Daniel Bautista Hernández y Héctor Porras Fernández quienes, al igual que el suscrito iniciamos “en los años 50” nuestros estudios en tal colegio y, los proseguimos y concluimos en nuestra también Ilustre Universidad Benito Juárez.

Aunque tal directiva surgió de una especie de “albazo”, autodesignándose al estilo de Juan Nepomuceno Guaidó (en Venezuela) y fue ratificada en sorpresiva elección “a mano alzada” a la usanza del naciente régimen del Presidente AMLO; los saludamos esperando que resulten provechosos sus nobles acciones y cometidos. Respetuosamente.