lunes, agosto 8, 2022

Comer menos carne, una forma de combatir el cambio climático

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Afirma especialista de la UNAM: En México, la industria que más gases de efecto invernadero arroja es la ganadera y, paradójicamente, también es la que más padecerá por los embates del calentamiento global.

Información de agencias

Oaxaca, Oax.- Después de la energética y del transporte, en México la industria que más gases de efecto invernadero (GEI) arroja es la ganadera y, paradójicamente, también es la que más padecerá por los embates del calentamiento global, junto con la agricultura. “La amenaza es tal que, de no cambiar nuestras conductas a nivel de producción y consumo, la seguridad alimentaria del país podría verse comprometida en pocas décadas”, señala el profesor Rafael Olea, de la Facultad de Medicina Veterinaria y Zootecnia (FMVZ) de la UNAM.

De seguir la tendencia actual se anticipa que el territorio nacional será golpeado por eventos meteorológicos extremos como lluvias torrenciales, ondas de calor y sequías, lo cual se reflejaría de inmediato en desabasto de comestibles. Para abordar este tipo de problemáticas el Panel Intergubernamental del Cambio Climático (IPCC) de la ONU decidió cambiar el enfoque usado en documentos anteriores y, en su último reporte especial, en vez de dirigir sus baterías contra los combustibles fósiles como venía haciendo, se centró en los usos poco sostenibles del suelo y en cómo nuestro sistema alimentario está detrás del 25 al 30 por ciento del total de los GEI (el cálculo incluye aspectos como transporte o deforestación).

Ya antes la FAO (Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura) había advertido que el ganado es responsable de esparcir siete mil millones de toneladas métricas de CO2 equivalente al año, lo que representa el 14.5 por ciento de todos los gases de efecto invernadero antropogénicos. A fin de enmendar este escenario, considerado ya un foco rojo, el académico recomienda modificar los esquemas de producción vigentes, aunque el principal obstáculo es que, advierte, en un mundo que se transforma con celeridad el sector ganadero es reacio al cambio.

Hace una década —recuerda— los ganaderos se consideraban potenciales afectados del cambio climático y su preocupación giraba en torno a cómo sobrellevar el fenómeno; “sin embargo, a la luz de los nuevos datos es evidente que el sector, en vez de hacerlo como víctima, debe asumirse responsable y actuar en consecuencia”.

Del siglo XIX a la fecha la temperatura global se ha elevado un grado centígrado y expertos en el tema adelantan que si el incremento llega a 1.5 el planeta experimentaría una caída en barrena de la que le será difícil recuperarse. “Por eso cualquier medida que ayude a evitar ese escenario debe aplicarse ya; no podemos esperar a que los niños crezcan y hagan lo debido, nos toca a nosotros actuar y lo que sí está en nuestras manos hacer para aminorar los GEI de la atmósfera es tan sencillo como efectivo: debemos comer menos carne”.

Cambio de hábitos

La finalidad no es volvernos vegetarianos —subraya el profesor Olea—, pero sí modificar nuestros hábitos y sustituir gran parte de los alimentos de origen animal que ponemos en la mesa (huevos y lácteos incluidos) por frutas y verduras. “Además de ayudar al medio ambiente eso sería mucho más saludable, pues nuestras dietas suelen ser excesivamente altas en proteínas”.

En este renglón, añade, la FAO recomienda ingerir 500 gramos de carne a la semana, sugerencia que suele ser desoída como revela el hecho de que, tan sólo el año pasado, el estadounidense promedio ingirió casi cuatro veces esa cantidad, y diversos estudios muestran que el consumo de productos cárnicos va al alza en el mundo. Esto, en opinión del académico, se debe en gran parte a lo que nos decían en el colegio hace años, cuando no se sabía tanto del tema.

“Cuando niños, los maestros en la escuela nos mostraban un cartel con algo llamado la pirámide nutricional, donde los comestibles de origen animal estaban en la cumbre. Hoy ese modelo se considera caduco y a los alumnos de primaria se les enseña ‘el plato del buen comer’, en el que las raciones de vegetales son más abundantes. Eso es algo que nosotros, como adultos, deberíamos aprender”.

Para el universitario, de darse un cambio éste iniciará por los consumidores y de ahí se extenderá; de otra forma es improbable pues parece que para la industria si todo siga igual, es mejor.

México en la encrucijada

En una nota publicada en noviembre pasado por el portal de noticias de la ONU se asegura que, “si las vacas formaran un país, sería el tercero en emisiones de gases de efecto invernadero”, sólo por detrás de Estados Unidos y China. “Aquí hablamos principalmente de metano (CH4) y óxidos nitrosos”, abunda el doctor Rafael Olea.

Antes de explicar los porqués de esto, el académico pide tomar en cuenta que los rumiantes son seres sorprendentemente eficientes, pues logran alimentarse con hierbas, forrajes y rastrojos inservibles para casi cualquier otro animal.

Los bovinos poseen un saco de fermentación anaeróbico llamado rumen donde viven colonias de microorganismo capaces de degradar lo que casi ningún otro organismo podría (celulosa, almidón y pectina, entre otros). Así, aunque los veamos pastar, en realidad no están comiendo pasto, sino cuerpos bacterianos que transformarán en breve toda esa fibra en carbohidratos digeribles y proteína.

Sin embargo, esta gran adaptabilidad viene con un costo y éste es que uno de los productos residuales generados en mayor cantidad a lo largo de este proceso es metano (CH4), un gas hasta 30 veces más efectivo que el dióxido de carbono (CO2) a la hora de atrapar el calor y elevar la temperatura del ambiente, y el cual las vacas arrojan en gran cantidad a través de sus eructos (algunas estimaciones señalan que una vaca puede contaminar casi tanto como un automóvil).

Por ello, a fin de aminorar el conteo de emisiones, el universitario propone que los mexicanos se apeguen a la propuesta de la FAO de consumir sólo 500 gramos de carne a la semana, algo que nos vendría bien, pues actualmente ingerimos más del doble de lo recomendado. Los otros ajustes corresponden ya a la industria.

Afirma especialista de la UNAM: En México, la industria que más gases de efecto invernadero arroja es la ganadera y, paradójicamente, también es la que más padecerá por los embates del calentamiento global.

Información de agencias

Oaxaca, Oax.- Después de la energética y del transporte, en México la industria que más gases de efecto invernadero (GEI) arroja es la ganadera y, paradójicamente, también es la que más padecerá por los embates del calentamiento global, junto con la agricultura. “La amenaza es tal que, de no cambiar nuestras conductas a nivel de producción y consumo, la seguridad alimentaria del país podría verse comprometida en pocas décadas”, señala el profesor Rafael Olea, de la Facultad de Medicina Veterinaria y Zootecnia (FMVZ) de la UNAM.

De seguir la tendencia actual se anticipa que el territorio nacional será golpeado por eventos meteorológicos extremos como lluvias torrenciales, ondas de calor y sequías, lo cual se reflejaría de inmediato en desabasto de comestibles. Para abordar este tipo de problemáticas el Panel Intergubernamental del Cambio Climático (IPCC) de la ONU decidió cambiar el enfoque usado en documentos anteriores y, en su último reporte especial, en vez de dirigir sus baterías contra los combustibles fósiles como venía haciendo, se centró en los usos poco sostenibles del suelo y en cómo nuestro sistema alimentario está detrás del 25 al 30 por ciento del total de los GEI (el cálculo incluye aspectos como transporte o deforestación).

Ya antes la FAO (Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura) había advertido que el ganado es responsable de esparcir siete mil millones de toneladas métricas de CO2 equivalente al año, lo que representa el 14.5 por ciento de todos los gases de efecto invernadero antropogénicos. A fin de enmendar este escenario, considerado ya un foco rojo, el académico recomienda modificar los esquemas de producción vigentes, aunque el principal obstáculo es que, advierte, en un mundo que se transforma con celeridad el sector ganadero es reacio al cambio.

Hace una década —recuerda— los ganaderos se consideraban potenciales afectados del cambio climático y su preocupación giraba en torno a cómo sobrellevar el fenómeno; “sin embargo, a la luz de los nuevos datos es evidente que el sector, en vez de hacerlo como víctima, debe asumirse responsable y actuar en consecuencia”.

Del siglo XIX a la fecha la temperatura global se ha elevado un grado centígrado y expertos en el tema adelantan que si el incremento llega a 1.5 el planeta experimentaría una caída en barrena de la que le será difícil recuperarse. “Por eso cualquier medida que ayude a evitar ese escenario debe aplicarse ya; no podemos esperar a que los niños crezcan y hagan lo debido, nos toca a nosotros actuar y lo que sí está en nuestras manos hacer para aminorar los GEI de la atmósfera es tan sencillo como efectivo: debemos comer menos carne”.

Cambio de hábitos

La finalidad no es volvernos vegetarianos —subraya el profesor Olea—, pero sí modificar nuestros hábitos y sustituir gran parte de los alimentos de origen animal que ponemos en la mesa (huevos y lácteos incluidos) por frutas y verduras. “Además de ayudar al medio ambiente eso sería mucho más saludable, pues nuestras dietas suelen ser excesivamente altas en proteínas”.

En este renglón, añade, la FAO recomienda ingerir 500 gramos de carne a la semana, sugerencia que suele ser desoída como revela el hecho de que, tan sólo el año pasado, el estadounidense promedio ingirió casi cuatro veces esa cantidad, y diversos estudios muestran que el consumo de productos cárnicos va al alza en el mundo. Esto, en opinión del académico, se debe en gran parte a lo que nos decían en el colegio hace años, cuando no se sabía tanto del tema.

“Cuando niños, los maestros en la escuela nos mostraban un cartel con algo llamado la pirámide nutricional, donde los comestibles de origen animal estaban en la cumbre. Hoy ese modelo se considera caduco y a los alumnos de primaria se les enseña ‘el plato del buen comer’, en el que las raciones de vegetales son más abundantes. Eso es algo que nosotros, como adultos, deberíamos aprender”.

Para el universitario, de darse un cambio éste iniciará por los consumidores y de ahí se extenderá; de otra forma es improbable pues parece que para la industria si todo siga igual, es mejor.

México en la encrucijada

En una nota publicada en noviembre pasado por el portal de noticias de la ONU se asegura que, “si las vacas formaran un país, sería el tercero en emisiones de gases de efecto invernadero”, sólo por detrás de Estados Unidos y China. “Aquí hablamos principalmente de metano (CH4) y óxidos nitrosos”, abunda el doctor Rafael Olea.

Antes de explicar los porqués de esto, el académico pide tomar en cuenta que los rumiantes son seres sorprendentemente eficientes, pues logran alimentarse con hierbas, forrajes y rastrojos inservibles para casi cualquier otro animal.

Los bovinos poseen un saco de fermentación anaeróbico llamado rumen donde viven colonias de microorganismo capaces de degradar lo que casi ningún otro organismo podría (celulosa, almidón y pectina, entre otros). Así, aunque los veamos pastar, en realidad no están comiendo pasto, sino cuerpos bacterianos que transformarán en breve toda esa fibra en carbohidratos digeribles y proteína.

Sin embargo, esta gran adaptabilidad viene con un costo y éste es que uno de los productos residuales generados en mayor cantidad a lo largo de este proceso es metano (CH4), un gas hasta 30 veces más efectivo que el dióxido de carbono (CO2) a la hora de atrapar el calor y elevar la temperatura del ambiente, y el cual las vacas arrojan en gran cantidad a través de sus eructos (algunas estimaciones señalan que una vaca puede contaminar casi tanto como un automóvil).

Por ello, a fin de aminorar el conteo de emisiones, el universitario propone que los mexicanos se apeguen a la propuesta de la FAO de consumir sólo 500 gramos de carne a la semana, algo que nos vendría bien, pues actualmente ingerimos más del doble de lo recomendado. Los otros ajustes corresponden ya a la industria.

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