La transición biocultural rescata la sabiduría de los pueblos originarios

Mirar la naturaleza no como propietarios, sino como integrantes de la misma.

Ciudad de México, DF.- Por miles de años las culturas originarias han extraído de la naturaleza todo lo que necesitan para vivir, en una sabia relación de equilibrio que los ha mantenido conscientes de que no son dueños, sino miembros de su entorno. En esa cosmovisión, su diversidad cultural se ha fundido y enriquecido con la diversidad biológica hasta conformar su patrimonio biocultural.

Sin embargo, el  modelo económico que campeó durante varias décadas acabó con gran parte de los recursos del planeta mediante una relación depredatoria y egoísta, y es hasta ahora cuando el mundo vuelve la mirada hacia la riqueza biocultural de los pueblos ancestrales, la cual sirvió de base para impulsar el desarrollo del mundo en una visión de respeto y equilibrio.

Precisamente, la biocultural es una de las transiciones ambientales planteadas por la Secretaría del Medio Ambiente, porque ayudará a reconocer y valorar la relación hombre-naturaleza, pues por mucho ha demostrado ser la mejor opción de conocimiento y experiencia para obtener de ella lo necesario para vivir sin violentar su equilibrio.

Científicos, académicos y gente del campo han planteado en diferentes foros que el uso de sistemas de monocultivo y pesticidas agroquímicos han roto el equilibrio natural de los diferentes ecosistemas, mientras que técnicas de cultivo ancestrales como la milpa (del náhuatl milpan y cuyas raíces significan “milli= parcela sembrada” y “pan=encima de”) han sido exitosas porque conviven y aprovechan su entorno.

De acuerdo con académicos de la UNAM, el maíz fue domesticado hace nueve mil años a partir de una variedad primitiva llamada “teosinte” en el valle del Balsas, junto con otras especies que de manera conjunta crecieron para dar lugar al frijol y la calabaza, integrantes de la llamada Triada Mesoamericana.

Con el tiempo, los antiguos habitantes descubrieron que era posible combinar dichos cultivos con otros de manera integral, por lo que la milpa se enriqueció y en ella crecen quelites, tomates, chiles y ciertas verduras o plantas medicinales. Además de que a la orilla se pueden plantar árboles frutales, magueyes y nopales que la gente utiliza para bordear sus campos de cultivo.

Al respecto, el subsecretario de Planeación y Política Ambiental de la Semarnat, Arturo Argueta Villamar, ha recordado que el alimento del planeta se sustenta en tres legados: “La riqueza biodiversa, la riqueza cultural y la riqueza de un proceso domesticador que comenzó hace 9 mil años, conocida como la revolución neolítica, y que registra la domesticación de 750 diferentes especies”.

Pueblos indígenas y megadiversidad son dos elementos que han hecho posible en México la apropiación de la diversidad biológica que representa el 10% de las especies que existen en el mundo y que generó una biocultura que enriqueció la fuente de alimentación que el mundo hoy puede disfrutar.

Sin embargo, el secretario de Medio Ambiente, Víctor M. Toledo ha sostenido en reiteradas ocasiones que este legado se encuentra amenazado por la visión que durante los últimos 30 años sólo buscó incrementar la producción alimentaria a nivel industrial, a costa de la naturaleza, de los ecosistemas.

El resultado es el desgaste de la tierra, ya que al forzar el cambio de uso de suelo para pasar de un sistema forestal o vegetal a uno agrícola de monocultivo o de ganadería extensiva, se interrumpió ese intercambio natural entre especies animales y vegetales que durante siglos fue aprovechado por las culturas indígenas.

El rescate y protección de la riqueza biocultural de México son entonces prioritarios para la administración que encabeza el secretario de Medio Ambiente y debe disfrutarse colectivamente, no por unos cuantos. Una de las mejores estrategias es el sabio aprovechamiento de la naturaleza, con el apoyo de los pueblos originarios como aliados estratégicos para impulsar esta transición.