Fechan maíz de Oaxaca en 5 mil 473 años de antigüedad

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Nuevos fechamientos realizados por especialistas del INAH, universidades de México y EU, sitúan restos de maíz de la Cueva de las Manitas, en Santiago Dominguillo, hasta en 5 mil 473 años antes del presente, aportando claves sobre su antiguo proceso de domesticación.

Por Lupita Thomas/Quadratín

Oaxaca, Oax.- La arqueóloga e investigadora del Centro INAH Oaxaca, Nelly M. Robles García, presentó nuevos fechamientos de restos de maíz recuperados en la Cueva de las Manitas, en Santiago Dominguillo, que alcanzan los 5 mil 473 años antes del presente.

Su investigación aporta nuevas piezas para comprender el largo proceso mediante el cual antiguos grupos humanos experimentaron con el maíz hasta convertirlo, paulatinamente, en una planta dependiente del cultivo humano.

Nelly M. Robles García, Arqueóloga e investigadora del Centro INAH Oaxaca.

La arqueóloga disertó este jueves en El Colegio Nacional durante la conferencia ¿Cómo y cuándo comenzamos a comer maíz? La Cueva de las Manitas en Oaxaca, dentro del ciclo La arqueología hoy, coordinado por Leonardo López Luján.

Robles explicó que un grupo de la UNAM obtuvo un fechamiento de 4 mil 810 años antes del presente, mientras que análisis realizados con apoyo de la Universidad de Harvard llevaron una de las muestras de maíz a 5 mil 473 años.

Los resultados no pretenden establecer un día preciso en que comenzó el consumo del cereal. Por el contrario, revelan un periodo prolongado de experimentación, selección y transformación de la planta.

“Fue una época muy larga de experimentación”, explicó Robles al referirse a los pequeños ejemplares de maíz que antecedieron a las mazorcas actuales y que todavía no constituían por sí solos la dieta de aquellas poblaciones.

Foto El Economista

La relevancia del hallazgo crece al colocarlo en una geografía arqueológica más amplia, integrada por la Cueva de las Manitas, Guilá Naquitz, en el Valle de Oaxaca, y las cuevas estudiadas en el Valle de Tehuacán.

En Guilá Naquitz, recordó, los trabajos de Kent Flannery aportaron evidencias muy tempranas de maíz, mientras que las investigaciones de Richard MacNeish documentaron procesos semejantes en Tehuacán.

Para Robles, estos sitios permiten advertir la existencia de un corredor interregional por el que grupos de cazadores y recolectores se desplazaban en busca de alimentos y otros recursos.

La misma franja geográfica se convirtió después en una ruta activa de intercambio durante la época prehispánica y, siglos más tarde, fue utilizada por el ferrocarril y las carreteras.

La Cueva de las Manitas se localiza en la Cañada oaxaqueña, dentro del territorio de Tehuacán-Cuicatlán, inscrito en 2018 por la UNESCO como Patrimonio Mundial de carácter mixto, por sus valores naturales y culturales.

Las investigaciones sistemáticas en la cueva comenzaron en 2022, después de varios años de recorridos y trabajos de reconocimiento.

Los resultados indican que no fue una vivienda permanente, sino un refugio utilizado estacionalmente por grupos altamente móviles que llegaban para descansar, alimentarse y aprovechar los recursos disponibles en el entorno.

La diferencia es importante: las evidencias muestran que aquellas poblaciones no sólo recolectaban plantas, sino que también las procesaban y transformaban.

En el piso de la cueva aparecieron semillas, restos de cestería, fibras, cordeles, herramientas de piedra, olotes y otros materiales orgánicos excepcionalmente conservados.

Una circunstancia inesperada favoreció su preservación. Durante años, los chivos que algunos pastores introdujeron al abrigo dejaron una capa de excremento cercana a los 10 centímetros que terminó por sellar depósitos arqueológicos.

Debajo de esa capa, el equipo encontró un registro particularmente rico de las actividades humanas desarrolladas durante distintas etapas de ocupación. El maíz apareció en numerosas formas: pequeños olotes, ejemplares con granos todavía adheridos, restos carbonizados y fragmentos que ahora permiten combinar fechamientos con estudios biológicos y morfológicos.

Para Robles, esas piezas hacen visible una relación fundamental de la historia mesoamericana: los seres humanos modificaron progresivamente al maíz y el maíz, a su vez, transformó la organización de la vida humana.

Pero antes de que el cereal adquiriera la centralidad que tendría después, otra planta parece haber sido indispensable para la supervivencia: el maguey.

Los restos de maguey son, hasta ahora, de los materiales vegetales más abundantes de la excavación.

De la planta se obtenía alimento, azúcares, fibras, cordeles y espinas que podían emplearse para coser o cumplir otras funciones.

El equipo recuperó incluso pequeñas bolas de fibra de maguey masticada. Debido al contacto con saliva humana, algunas muestras son estudiadas con la expectativa de obtener información genética antigua.

La cueva conserva además restos de calabaza, chile, aguacate, guaje y pochote, un repertorio que permite reconstruir no sólo qué comían aquellas poblaciones, sino el conocimiento profundo que tenían de su entorno.

Entre los materiales también apareció en grandes cantidades una semilla conocida como venenillo, cuya presencia aún no ha sido explicada.

Robles señaló que se investiga su posible función, pero advirtió que todavía no existen elementos suficientes para establecer por qué fue almacenada o utilizada de manera tan abundante.

Otro de los hallazgos relevantes surgió al analizar pequeñas piezas de fibra vegetal que inicialmente resultaban difíciles de identificar. La arqueología experimental permitió determinar que se trataba de brochas elaboradas con agave, utilizadas posiblemente para realizar algunos de los trazos lineales conservados en las paredes.

Algunas de esas herramientas mantienen residuos de pigmento, una asociación excepcional entre el instrumento y la actividad pictórica que se desarrolló en el mismo espacio.

Las paredes de la Cueva de las Manitas contienen manos en positivo y negativo, figuras humanas, animales, serpientes y composiciones superpuestas durante diferentes momentos.

El equipo ha reconocido hasta ahora cuatro etapas pictóricas, a partir de la posición de los trazos, sus colores y las superposiciones entre unas imágenes y otras.

Foto tomada de X: Helena Iturribarría

Las huellas corresponden además a personas de distintas edades. Hay manos de adultos y jóvenes, así como pequeñas improntas de pies que podrían corresponder a bebés.

Su distribución tampoco parece fortuita. Algunas manos ascienden por las paredes y la bóveda, mientras otras integran conjuntos y composiciones que sugieren una intención narrativa o simbólica.

Una de las escenas centrales representa 2 grandes serpientes cuyos cuerpos recorren parte de la cueva y organizan visualmente otros motivos.

Otra composición muestra una figura humana vinculada con una cactácea de la que parecen surgir pequeñas figuras humanas, representación que Robles interpreta con cautela como un posible relato de origen.

 La arqueóloga insistió en diferenciar la evidencia material de su interpretación. Las pinturas permiten plantear hipótesis sobre la relación con los animales, el paisaje y las concepciones de origen, pero no autorizan conclusiones absolutas.

El proyecto reúne por ello arqueología, biología, conservación, arqueobotánica, análisis de materiales y documentación tridimensional.

Especialistas de universidades e instituciones de México y del extranjero participan en el estudio de pigmentos, restos vegetales y materiales orgánicos, así como en la conservación de pinturas que presentan riesgos de desprendimiento.

Sin embargo, Robles colocó a la comunidad de Santiago Dominguillo en el centro de la preservación del sitio.

Habitantes de la población se han integrado a los trabajos, conformaron comités y participan en la protección de una cueva que, pese a encontrarse cerca de la comunidad, durante mucho tiempo permaneció prácticamente fuera de la mirada pública.

Ese interés plantea ahora otro desafío: evitar que el valor arqueológico del lugar derive en una apertura turística sin control.

Robles advirtió que el patrimonio de la Cueva de las Manitas es extremadamente frágil y que cualquier proyecto de ecoturismo debe partir de criterios de conservación, capacidad de manejo y participación comunitaria.

El proyecto trabaja actualmente en un centro de visitantes y contempla establecer, a largo plazo, por lo menos 4 centros de interpretación a lo largo de la denominada Ruta del Río Grande.

La intención es que quienes lleguen a la región comprendan el valor de sus sitios antes de recorrerlos y se conviertan, en palabras de la investigadora, en aliados de su conservación.

La Cueva de las Manitas comienza así a revelar una historia que va mucho más allá de sus pinturas rupestres.

En sus paredes quedaron las huellas de quienes pasaron por allí; bajo el suelo, los restos de lo que comieron, trabajaron y transformaron.

Y entre esos materiales se encuentra una de las claves para comprender un proceso decisivo de la historia de Mesoamérica: cómo los grupos humanos experimentaron durante milenios con una pequeña planta hasta hacer del maíz una parte inseparable de su propia historia.

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